El tema de El gen egoísta de Richard Dawkins es una teoría concreta aplicada al fenómeno de la evolución de los organismos. El autor considera el proceso en cuestión desde el punto de vista de los genes, lo que va en contra de las teorías de una parte considerable de la tradición científica que lo presentan como una selección de grupos o una selección individual. Dawkins afirma que los genes aparecieron como primeros organismos vivos en la Tierra y a partir de entonces se esforzaron, de manera “egoísta” y cada vez más compleja, para sobrevivir. Formaron las plantas y los animales que constituyen sus “máquinas de supervivencia” y los protegen de los posibles peligros. De esta manera, los genes tienen una influencia importante sobre el comportamiento de todos los organismos vivos.
La perspectiva sobre el tema tratado en El gen egoísta es evidentemente divulgativa lo que indica explícitamente el autor mismo en el Prefacio a la edición de 1976 donde afirma que intentó escribir su libro de la manera tan asequible que sea entendido por un “profano”. Igualmente, añade que su objetivo era escribir un libro atractivo y fascinante para el lector como si fuera un bestseller y lo expresa de la manera siguiente: “No sé hasta qué punto lo he logrado, ni tampoco el éxito obtenido en otra de mis ambiciones: tratar de que el presente libro sea tan entretenido y absorbente como merece su tema. Durante mucho tiempo he sentido que la biología debiera ser tan emocionante como una novela de misterio, ya que la biología es, exactamente, una novela de misterio.”
De hecho, Dawkins en su libro cumple muchos de los requisitos de la perspectiva divulgativa. Por lo general, el tratamiento del tema es claro y explícito. Para atraer la atención, a veces recurre a las actitudes militantes y se declara a favor o en contra de algunos fenómenos sociales. Veamos un fragmento del capítulo VII Planificación familiar donde el autor critica la idea del Estado benefactor y señala la importancia de la anticoncepción en la sociedad humana: “La anticoncepción es, en ocasiones, atacada como algo «artificial»«desnaturalizado». En efecto, es muy inhumana. El problema radica en que también lo es el Estado benefactor. Pienso que muchos de nosotros creemos que un Estado benefactor es altamente deseable. Pero no puede tenerse un Estado benefactor artificial o desnaturalizado a menos que también se cuente con un control de natalidad igualmente desnaturalizado, de otra forma el resultado final será una calamidad aún mayor que la que se alcanza en la naturaleza.”
Además, no evita recursos emotivos que son tan característicos de la divulgación científica. Muchas veces usa exclamaciones que obviamente quitan la neutralidad a su texto. Citemos algunas de ellas a título de ejemplo: “Dicho autor excluye, deliberadamente, a la progenie: ¡no cuentan como parientes!” (el capítulo VI Gen y parentesco ), “¡Incluso he escuchado a gente decir que ellos pensaban que la teoría de Hamilton se aplicaba solamente a los insectos gregarios!”. Otro recurso de carácter emotivo es la selección de ejemplos del comportamiento animal, a menudo, el autor escoge los que podrían chocar de cierta manera al lector y atraer su atención. Por ejemplo, en el capítulo VIII Batalla de las generaciones nos muestra la crueldad de un polluelo de golondrina introducido en el nido de una urraca. Una vez colocado en el nido, el polluelo arrojó fuera del nido un huevo de la urraca. Cuando los investigadores, que efectuaron el experimento, volvieron a poner el huevo en el nido, el polluelo de golondrina de nuevo lo echó fuera.
Otra característica de la perspectiva divulgativa es la presencia de elementos humorísticos en el texto. Dawkins, cuenta al lector muchas anécdotas y algunas tienen carácter evidentemente cómico. En el capítulo I ¿Por qué existe la gente? informa al lector que la hembra de la mantis religiosa durante la cópula devora la cabeza del macho y así consigue mejorar su “actuación sexual” dado que “en la cabeza del insecto es donde se encuentran localizados algunos centros nerviosos inhibitorios”. Luego, en la nota final nº 3, con puro humor negro, cuenta una anécdota relacionada con este comportamiento de la mantis religiosa. Según él, durante una conferencia un científico dijo que quería criar moscas frigáneas pero que no conseguía aparearlos. Uno de sus colegas, al oírlo, le contestó “como si hubiera pasado por alto lo más obvio: «¿No ha intentado cortarles la cabeza?»”
Otro aspecto de un texto divulgativo que cumple los requisitos de su género, es su título que tiene por objeto llamar la atención, sorprender al lector. El gen egoísta es, sin duda alguna, una combinación poco habitual. Hace pensar al lector en qué sentido se podría atribuir esta característica humana a un gen. En este caso el autor recurre a la antropomorfización. Igualmente, algunos de los títulos de los capítulos del libro tienen unos títulos bastante expresivos que o repiten el recurso aplicado en el título del libro, como, por ejemplo, El largo brazo del gen, o se refieren a comportamientos y fenómenos presentes en el mundo humano: Planificación familiar, La batalla de las generaciones, La batalla de los sexos, Tú rascas mi espalda, yo rascaré la tuya y Los buenos chicos acaban primero.
Además, Richard Dawkins tiene tendencia a usar estructuras cortas en su obra divulgativa. De esta manera los párrafos que separa en el texto, son más bien cortos ya que normalmente no ocupan más de media página. Igualmente, en el caso de las oraciones el autor tiende a la brevedad. Aunque aparezcan algunas un poco más largas, en gran mayoría, las frases no son excesivamente desarrolladas.
Otro aspecto que subraya el carácter eminentemente divulgativo de El gen egoísta es el hecho de que su autor evita en gran medida recursos que podrían contribuir al estilo impersonal. Podemos notarlo sobre todo en el uso reiterativo de la primera persona del singular: Dawkins se expresa en la mayoría de los casos como “yo”. En el capítulo I ¿Por qué existe la gente? Dawkins dice: “pienso que”, “mi planteamiento”, “deseo explicar”, “argumentaré que”. Otros ejemplos del uso de “yo” encontramos, por ejemplo en el capítulo III Las espirales inmortales: “Yo, sinceramente, voy a evadir el problema”, “espero haber dicho lo suficiente”, etc. La recurrencia del uso de esta forma gramatical indica que el autor evita de manera deliberada la impersonalidad característica del lenguaje científico. Dawkins intenta evitar cualquier recurso del hermetismo científico y por eso, opta por “yo”, la forma personal más usada en el mundo cotidiano. En el libro aparece también la segunda persona del plural que no siempre se puede identificar con el “nosotros” de modestia, tan característico del lenguaje científico. Observemos unos ejemplos de este uso peculiar que aparecen en el capítulo I ¿Por qué existe la gente?: “Ya no tenemos necesidad de recurrir a la superstición cuando nos vemos enfrentados a problemas profundos tales como: ¿Existe un significado de la vida?, ¿por qué razón existimos?, ¿qué es el hombre?”, “nosotros, al igual que todos los demás animales, somos máquinas creadas por nuestros genes”. Este “nosotros” se refiere a todos los seres humanos, el autor incluye en este grupo a todos los lectores y a sí mismo. Por eso, esta forma gramatical tiene un valor parecido a “yo” ya que Dawkins tiende a la informalidad, evita el distanciamiento científico y se presenta como uno de “nosotros”.
Como lo exige la perspectiva divulgativa, en el libro no aparece un número excesivo ni de tecnicismos ni de cifras. Además, siempre que aparecen los términos científicos, el autor los define de manera concisa y muchas veces, los ilustra por medio de analogías reveladoras. Por ejemplo, en el capítulo III Las espirales inmortales define el código del ADN como “los planos del arquitecto”, el cromosoma como “volumen” y el gen como “página”. Se aplica un procedimiento análogo en el caso de las siglas que siempre están acompañadas de su desarrollo cuando aparecen por primera vez, por ejemplo, ADN (ácido desoxirribonucleico). Además si son usadas en un fragmento de texto largo, su desarrollo aparece más de una vez, por ejemplo, EEE (estrategia evolutivamente estable).
En cuanto al lenguaje matemático presente en el libro, Dawkins lo reduce al mínimo. Así, aparecen sólo los números de valor bastante bajo que se asemejan a los que usamos en los simples cálculos de nuestra realidad cotidiana. Finalmente, cuando en El gen egoísta aparecen fracciones o cálculos, son poco complicados y adaptados a los conocimientos matemáticos de un lector medio.
A expensas de la neutralidad, Dawkins recurre en el texto de su libro al uso de figuras retóricas. Muchas veces formula preguntas retóricas que no tienen por objeto buscar la respuesta ya que el autor ya la conoce. Es sólo un recurso retórico cuando en el capítulo III Las espirales inmortales “pregunta”: “¿Por qué nosotros, al igual que la mayoría de las demás máquinas de supervivencia, practicamos la reproducción sexual?, ¿por qué nuestros cromosomas se entrecruzan? y ¿por qué no vivimos eternamente?”. Lo mismo ocurre cuando Dawkins formula la “pregunta” “¿Qué es el gen egoísta?” al principio del capítulo VI Gen y parentesco. Otras figuras retóricas usadas con mucha frecuencia son la metáfora y la personificación. Las dos sirven para antropomorfizar, acercar a la experiencia cotidiana del lector los contenidos científicos presentados.
Las metáforas que aparecen en el libro son tan numerosas que se puede decir que este tropo constituye la regla principal de la construcción de El gen egoísta. Enumeremos algunas para poder ver su carácter: “la máquina de supervivencia”-los organismos construidos por los genes para su protección y supervivencia, “interdependencia de remeros en el mismo bote”-interdependencia de genes en el mismo cuerpo”, “halcones y palomas”-“individuos muy agresivos e individuos poco agresivos”. En el caso de la última metáfora el autor añade que los nombres de estos pájaros “se refieren a su uso convencional por parte de los seres humanos y no guardan relación con los hábitos de los pájaros de los cuales han derivado los nombres”. Todas estas metáforas están relacionadas de alguna manera con el mundo humano. De esta manera, el autor recurre al procedimiento de hacer más familiares al lector los contenidos científicos.
La prosopopeya funciona de una manera parecida puesto que el autor introduce elementos de personificación al presentar sus ideas, lo que las hace más cercanas de la experiencia humana. Ya lo hemos observado al analizar los títulos del libro y de los capítulos. Lo mismo ocurre, por ejemplo, cuando el autor atribuye a diferentes tipos de comportamiento sexual en el mundo animal los nombres de características eminentemente humanas: “esquiva”, “fácil”, “fiel”, “galanteador”. Otro procedimiento de antropomorfización consiste en hacer hablar los animales, por ejemplo, en el caso del monólogo de un animal que considera si reproducirse u no: “¿Daré, cualesquiera sean, los pasos necesarios para traer un nuevo ser al mundo?; ¿me reproduciré?” (capítulo VII Planificación familiar). Además de los animales, son los genes que pueden hablar para dar instrucciones a su máquina de supervivencia: “Cuerpo, si eres mucho más pequeño que tus compañeros de camada, cesa en tu lucha y muere”.
Finalmente, de acuerdo con la perspectiva divulgativa, el autor uso recursos gráficos para subrayar algunas partes del texto. En algunos casos pone ciertos contenidos en mayúscula, por ejemplo, en el capítulo III Las espirales inmortales: FIN DEL MENSAJE DE LA CADENA DE PROTEÍNAS y COMIENZO DEL MENSAJE DE LA CADENA DE PROTEÍNAS. Igualmente, a menudo recurre a la cursiva y lo hace básicamente con dos objetivos. Primero, para destacar términos científicos importantes, como lo hace en el mismo capítulo III: “recesivo”, “dominante”, “alelos”, “acervo génico”, “entrecruzamiento”, etc. Segundo, para marcar que se trata de palabras usadas metafóricamente, por ejemplo, en el capítulo V Agresión: la estabilidad y la máquina egoísta cuando habla de los “halcones”, “palomas”, “vengadores”, “pendencieros”, etc. Otro recurso gráfico para realzar metáforas es ponerlas entre comillas, como ocurre en el capítulo III Las espirales inmortales: “la «presión de la selección natural»”, “una unidad genética «mala»”, “su «buen» alelo” o en el capítulo V Agresión. La estabilidad y la máquina egoísta: “Los genes del león «quieren» la carne como alimento para su máquina de supervivencia”.
De hecho, la obra de Dawkins alcanza sus dos objetivos principales: ser asequible para un lector lego y resultar una lectura fascinante. El lenguaje del libro, por lo general, no debería resultar incomprensible para un lector medio ya que el autor evita términos muy especializados y explica de manera clara y concisa aun los conceptos más básicos, por ejemplo, el “ADN”, el “cromosoma” o la “neurona”. El libro es, sin duda alguna, una lectura interesante para muchos de sus lectores puesto que propone una manera muy original de tratar un tema científico. La introducción de metáforas muy expresivas, humor y curiosidades sorprendentes del mundo animal, que la mayoría de los lectores desconoce, contribuye al carácter atractivo de El gen egoísta y asegura una experiencia lectora única en su género.
Ahora bien, eso no significa que no se pueda reprochar nada a la obra. Primero, hay que preguntarse cuáles pueden ser posibles consecuencias de la construcción de la teoría sobre todo por medio de la metáfora. Es verdad que éstas muchas veces resultan un recurso muy apropiado que nos permite un acercamiento intelectual a nuevas ideas mediante analogías con estos elementos del mundo que ya conocemos. No obstante, hay que darse cuenta que las metáforas proporcionan una comprensión parcial y además, ocultan ciertos aspectos de los conceptos que presentan. Por eso, no se puede olvidar que la metáfora no establece la relación de equivalencia sino tan sólo de analogía. En el caso de El gen egoísta hay que preguntarse qué fue más importante para el autor: la exactitud y la veracidad de la exposición de su teoría o la accesibilidad a cualquier precio y el entretenimiento del lector. De la respuesta dependerá si vamos a considerar la cantidad de metáforas en el libro como excesiva o perfectamente apropiada.
Por último, hay que considerar la cuestión de la verdadera utilidad de este específico tipo de libros cuyo ejemplo es El gen egoísta. Su objetivo es transmitir contenidos científicos, considerados por muchos como poco emocionantes, a un círculo amplio de lectores de manera tan atractiva que fascine la mayoría de ellos. Habría que preguntar a los lectores, por ejemplo, del Mundo de Sofía de Jostein Gaarder, para los cuales fue el único libro sobre la filosofía en su vida, de qué se acuerdan mejor: ¿de la doctrina kantiana o de la intriga de suspense en que fueron metidas diferentes teorías filosóficas? En este caso y en el caso de El gen egoísta lo atractivo de la envoltura puede ocultar lo esencial: el contenido. Además, ¿es una actitud realista pensar que este libro transformará a los legos en lectores aficionados de las obras científicas? Más bien, hay que esperar que muchos de ellos se sientan desanimados al encontrarse con enfoques del tema totalmente diferentes del de Dawkins.
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jueves, 21 de marzo de 2013
viernes, 13 de julio de 2012
Darwinismo social - la biología sociológica
El término alude a un vasta problemática suscitada a partir de relaciones establecidas en la Inglaterra victoriana entre ciencia e ideología, saber biológico y poder, cuyas derivaciones que permiten advertir su presencia en la mundialización pueden buscarse en una apelación como recurso retórico para naturalizar las desigualdades sociales. Junto a esta directa asimilación del darwinismo social con el estado de laissez faire generalizado, también existen otras más complejas apropiaciones biológicas y socio-políticas que contribuyeron a actualizar su protagonismo en la proceso de mundialización.
El cruce de estas interrelaciones reconduce permanentemente la cuestión, claro está, a la teoría de Charles Darwin, formulada con On the origin of species of natural selection, or the preservation of favoured races in the struggle for life(1859) y The descent of man, and selection in relation to sex (1871), aunque ella fue tan importante para el tema que nos ocupa como las reelaboraciones iniciadas desde el momento en el que se adicionó el adjetivo social para potenciar los alcances de lo que ya era una gran metáfora, quizás la más significativa construida por la ciencia moderna. Una metáfora que permitió dar cuenta de que la evolución experimentada por especies del reino animal y vegetal se corresponde con el progreso de las sociedades humanas, y a través de ella un problema de orden biológico, inmediatamente fue también de índole sociológica, poblacional y de economía política.
Si Robert Malthus en An essay on the principle of population (1798) advirtió los riesgos que entrañaba el crecimiento poblacional en sociedades que no podían proveer los medios de subsistencia alimenticio a todos, en las grandes concentraciones urbanas provocadas por la revolución industrial que él mismo no llegó a ver, su tesis alcanzó una inusitada resonancia. En efecto, promediando el siglo XIX la visión evolucionista que acompañó el ascenso de la burguesía ya había sido permeada por la lógica malthusiana y los riesgos de que el incremento poblacional agote los bienes de consumo fueron un problema que atravesó el núcleo de preocupaciones del campo científico de la Inglaterra victoriana. No parece conducente aquí detenerse en la larga polémica que dividió y aún divide a historiadores de la ciencia, según la cual Darwin fue o no influenciado decisivamente por la tesis de Malthus al elaborar su teoría. Una polémica que se prolonga en quienes buscan distinguir la teoría biológica de sus eventuales aplicaciones políticas que, desde esa perspectiva, eran desconocidas para Darwin, y aquellos que por el contrario consideran redundante agregar el adjetivo social al darwinismo.
Lo cierto es que existió desde la última parte del siglo XIX una notoria avidez en el campo político por asimilar los conceptos básicos enunciados por Darwin a las advertencias maltusianas, y desde las relecturas sociales se llegó a una clara certeza: la competencia intraespecífica en la visión de los primeros evolucionistas se redefinía al quedar inscripta en el campo social la struggle for life, y aquella puja que aquellos advertían entre leones y gacelas pasaba a ser desde entonces la entablada por gacelas contra gacelas.
El término darwinismo social fue acuñado, probablemente por primera vez, en 1879 por el anarquista Emile Gautier, en un ciclo de conferencias pronunciadas en el Cercle d´etudes sociales du Panteón de Paris. De ese evento surgió el libro Le darwinisme social que tuvo una rápida traducción a otras lenguas, pudiendo asignársele a él la institucionalización académica del concepto. Ya el positivismo de Herbert Spencer había logrado traducir el darwinismo a la sociología, habilitando una explícita vía de interlocución entre las ciencias humanas y las de la naturaleza signada por una asimilación de la lucha por la supervivencia a la competencia hiperindividual en el laissez faire de la economía de mercado, en la que muchos verán que allí, antes que en el propio Darwin, residía el verdadero núcleo duro del darwinismo social. También contribuyó al afianzamiento del concepto la obra del sociólogo ruso radicado en Francia, Jaques Novicow, Le critique du darwinisme social (1910), que estableció una clara caracterización: se trataba de un homicidio colectivo al quedaba supeditada la causa del progreso de la raza humana. El darwinismo social, desde esa perspectiva, consistía en una suerte de reaseguro para la policía de las poblaciones, siendo en una sociedad capitalista un mecanismo de legitimación de la competencia económica sin límites entre individuos.
Sin embargo, el darwinismo social también sirvió de referencia a planteos situados en otras coordenadas que van más allá de esa directa subsidiariedad con los intereses de la burguesía inglesa en el poder. Distintos autores han interpretado que el paso de Of the origin species… a The descent of man…, también conllevó cambios que permitieron afirmar nuevas perspectivas frente a la idea liberal. El “segundo Darwin” que incorporaba a su teoría la compasión y el altruismo introducía un factor decisivo en la explicación de la struggle for life, que aún siendo intraespecífica podía ser entablada entre grupos. Figuras como el anarquista como Pietr Kropotkin o Elisée Reclus, iluminarán una intensa apropiación que hasta la Gran Guerra la izquierda hará del darwinismo, al sobreimprimirle a la relación del evolucionismo con el progreso social la identificación con una metáfora de la naturaleza humana que podía ser vista orgánicamente como un todo independiente y armonioso en el que tenía lugar la cooperación social y la razón humana. Y en si Kropotkin y Reclús aparece también otro rasgo significativo como es la proyección del darwinismo a una escala espacial a través de la geografía, con el escocés Patrick Geddes, la tendencia basada en mirar el territorio desde el organicismo darwiniano derivará en el surgimiento del planeamiento como una nueva disciplina nacida de ideas presentadas en la Sociological Society londinense.
Pero la convicción de que la “lucha” darwiniana podía ser grupal, posibilitará a su vez exacerbar pujas fundadas en motivos raciales, mientras al mismo tiempo se producía una apropiación política que pasaba del ultraliberalismo a regímenes totalitarios, en la mismas medida en que el darwinismo social llegó a ser utilizado para producir el equivalente desplazamiento de un enfoque biológico que entendía el organismo como el marco de una competencia interindividual generalizada hacia otro que lo consideraba como el resultado de interacciones corporativas. La “lucha” entre grupos podía ser utilizada para legitimar la colonización de naciones, el estado de guerra, la inferioridad de razas, de la mujer, etc. En esa clave deben ser vistas también reinterpretaciones de la metáfora darwniniana: el concepto de “lucha” de la struggle for life, fue traducido al alemán con el vocablo krampf que sugiere las ideas de agresión y guerra al pie de la letra, tal como lo expone el famoso texto de Adolf Hitler.
La idea de que en la selección natural también podían tener cabida lazos grupales, había sido esbozada por el propio Darwin en The origin species…, mencionando el ejemplo de las hormigas y las abejas. Inspirado en esa referencia William Morton Weeler formuló en 1911 la “teoría del superorganismo”, por la cual eran homologadas las sociedades de insectos con el funcionamiento de un organismo multicelular. Ello equivalía a un sistema fundado en un organicismo social que regía una sociedad sin conflictos de interés, donde las divisiones jerárquicas del trabajo quedaban iluminadas por el ejemplo de la reina y las obreras en una colmena de abejas. El interés por avanzar desde el darwinismo social hacia una explicación de los comportamientos humanos a partir del conocimiento de los “insectos sociales”, derivó en la creación de una nueva disciplina, la sociobiología. Su origen se asocia con la tesis de William Hamilton, quien partiendo de pensar que la darwiniana “selección natural” podía aplicarse a familias de individuos, concibió en 1964 la “teoría de la parentela”. Edward Wilson avanzó en la misma dirección, publicando Sociobiology. The New Synthesis (1975), obra que dio origen a la Sociobiología como disciplina científica.
Mientras ciertas sugerencias altruistas de la teoría de Darwin encontraban en la Sociobiología una reinterpretación científica que, desde su organicismo y su propensión a explicar la sociedad desde un conjunto de genes estudiados a partir del conocimiento de “insectos sociales”, aún sigue suscitando no pocas polémicas; la matriz más dura de la hipercompetitividad en un mundo que no podía tener cabida para todos, continuó siendo invocada a través de sucesivas recreaciones del maltusianismo. Entre éstas últimas, también se hallaron los usos formulados desde corrientes de izquierda para impulsar el birth control e instalar los derechos de la mujer como tema dentro de una agenda que incorporó la familia nuclear, que le permitía asumir una vida social activa y la separación del placer sexual de la reproducción. Sin embargo, tampoco en torno al neomaltusianismo puede decirse que han sido diáfanas las apropiaciones políticas del darwinismo social. Prueba de ello es la reciente reelaboración de este cuerpo de pensamiento surgida del italiano Giovanni Sartori, quien en el contexto de la mundialización, asume la pretendida función de custodiar el bienestar general de una Europa amenazada por la “invasión” de latinoamericanos y africanos ilegales. Aquel verdadero emblema de la izquierda que es el birth control, se convierte aquí en una excusa frente a nuevas formas de exclusión global: para Sartori y Mazzoleni en La Terra Scoppia. Sovrapopolazione e Sviluppo (2003), mientras la Iglesia Católica no deje de interferir en la aplicación de políticas neomaltusianas en países subdesarrollados, continuará en riesgo el orden mundial.
martes, 29 de mayo de 2012
Hitler y la lanza de Longinos - Locura gobernante sobre el arma que mato a Dios
He aquí una historia que se convirtió en una "leyenda" con el paso de los tiempos sobre la 2da Guerra Mundial. Redactada mas como un cuento, puesto que lo considero a mi criterio una ficción, esta es la historia de Hitler y la lanza de Longinos:
En 1913, por las calles de Viena, un miserable ex estudiante de arte intentaba en vano ganarse la vida vendiendo pequeñas acuarelas. Ocasionalmente, cuando el frío le impedía salir a la calle, vagaba por los corredores del museo del palacio Hofburg. Se sentía especialmente fascinado por un conjunto de piezas valiosas, conocidas como «las insignias de los Habsburgo». Entre ellas el joven vagabundo Adolf Hitler prestaba especial atención a la Santa Lanza, que la leyenda identifica con la que atravesó el costado de Cristo después que éste expirara en la Cruz.
Esta lanza llegaría más tarde a los guerreros teutónicos que la convirtieron en su talismán. Según cuentan, se le atribuía poderes sobrenaturales, ya que cuenta la tradición que aquel que la poseyera no perdería ninguna batalla. Pero no es todo tan bonito como parecería en principio, ya que tambien existe una leyenda negra sobre ella, y es que aquel que la pierda morirá.
Paralelamente a estas historias -basadas en tradiciones celtas y en fragmentos de hechos históricos- subsistía la historia de que la Lanza, por lo menos, había sobrevivido a los siglos, pasando a veces a buenas manos, a veces a otras menos dignas. Quien la poseía adquiría un poder que podía ser usado para el bien o para el mal.
A principios de este siglo existían por lo menos cuatro «Santas Lanzas» en Europa. Quizá la más conocida fuera la que se conservaba en el Vaticano, aunque la Iglesia Católica parecía considerarla sólo una curiosidad. Ciertamente, las autoridades papales nunca le atribuyeron poderes sobrenaturales.
Una segunda lanza estaba en París, adonde había sido llevada por San Luis en el siglo XIII, cuando volvió de la cruzada a Palestina.
Otra, conservada en Cracovia (Polonia), era sólo una copia de la lanza de los Habsburgo.
Ésta es (La de Habsburgo), posiblemente, la que posee una genealogía mejor. Fue descubierta en Antioquía, en 1098, durante la primera cruzada, pero el misterio -y posiblemente la imaginación oscurecieron las circunstancias del hallazgo. Los cruzados habían sitiado con éxito la ciudad y la habían ocupado, cuando una banda de sarracenos fuertemente armada llegó e invirtió la situación, encerrando a los cruzados dentro de las murallas de la ciudad. Tres semanas después la comida y el agua escaseaban, y la rendición parecía el único camino. Entonces, un sacerdote dijo haber tenido una visión milagrosa de la Santa Lanza, enterrada en la iglesia de San Pedro. Cuando las excavaciones en ese sitio revelaron la presencia de una lanza de hierro, los cruzados se sintieron llenos de un renovado ardor y rompieron el cerco, derrotando a sus enemigos.
Las tradiciones germánicas, que no coinciden demasiado con esas fechas, afirman que la lanza de los Habsburgo fue llevada como talismán por Carlomagno, en el siglo IX, durante 47 campañas victoriosas. También le había conferido poderes de clarividencia. Carlomagno murió cuando la dejó caer accidentalmente.
Después de pasar por las manos de cinco monarcas sajones, llegó a manos de los Hohenstauffen de Suabia, que les sucedieron. Un destacado miembro de esta dinastía fue Federico Barbarroja, nacido en 1123. Antes de morir, 67 años más tarde, Barbarroja conquistó Italia y obligó al Papa a exiliarse; de nuevo, Hitler bien pudo haber admirado la dureza brutal de aquel personaje, combinada con una personalidad carismática que fue la clave de su éxito. Pero, al igual que Carlomagno, Barbarroja cometió el error de dejar caer la lanza mientras vadeaba un arroyo en Sicilia. Murió pocos minutos después.
La Fascinación De La Lanza
Ésta era la leyenda del arma que tanto fascinaba al joven Hitler. Durante su primera visita a la lanza la estudió con todo detalle. Medía 30 cm de longitud, y terminaba en una punta delgada, en forma de hoja; en algún momento, el filo había sido ahuecado para admitir un clavo -al parecer, uno de los usados en la crucifixión-. El clavo estaba sujeto con un hilo de oro. La lanza se había partido y las dos partes estaban unidas por una vaina de plata; dos cruces de oro habían sido incrustadas en la base, cerca del puño.
Estos detalles que describen la fascinación de Hitler ante la lanza de los Habsburgo provienen del testimonio del doctor Walter Johannes Stein, matemático, economista y ocultista que afirmaba haber conocido al futuro Führer justo antes de la guerra del 14.
En 1928 publicó un excéntrico panfleto, "Historia del mundo a la luz del Santo Grial", que circuló por Alemania, Holanda y Gran Bretaña. Cinco años después, el Reichsführer Heinrich Himmler ordenó que se obligara a Stein a trabajar en el «Buró ocultista» de los nazis, pero Stein huyó a Gran Bretaña. La segunda guerra mundial le sorprendió trabajando como agente del espionaje británico. Después de colaborar en la obtención de los planes de la «Operación Sealion» -la invasión de Inglaterra que proyectaba Hitler- fue consejero de Churchill, como asesor sobre las creencias ocultistas del líder alemán.
Stein nunca publicó sus memorias, pero antes de morir se hizo amigo de un ex oficial de comandos de Sandhurst, ahora periodista, Trevor Ravenscroft. Usando las notas y las conversaciones de Stein, Ravenscroft publicó en 1972 el libro "Spear of Destiny" (La lanza del destino) que por primera vez llamó la atención del público sobre la fascinación que sentía Hitler por la lanza de los Habsburgo.
¿Qué atractivo podía ofrecer la Santa Lanza, un símbolo cristiano, para el ex católico y violentamente anticristiano Adolf Hitler? Ya se había entregado a violentos desvaríos antisemitas, era un devoto discípulo del Anticristo de Nietzsche y sostenía su condena del cristianismo como «la última consecuencia del judaísmo».
Parte de la respuesta se encuentra en una tradición ocultista medieval vinculada con la historia de la Santa Lanza. Como cuenta el evangelio de San Juan, el soldado romano que hirió el cuerpo de Cristo cumplió, sin saberlo, las profecías del Antiguo Testamento (los huesos de Cristo no serían rotos). Si no hubiese hecho lo que hizo, el destino de la humanidad habría sido diferente. Según San Mateo y San Marcos, la verdadera naturaleza de Cristo fue revelada en ese momento al soldado, que se llamaba Cayo Casio Longinos: «Viendo el centurión que estaba frente a Él de qué manera expiraba, dijo: Verdaderamente este hombre era hijo de Dios». (San Marcos, 15:39)
Para la mentalidad ocultista, un instrumento usado para un propósito tan importante se transforma en un foco de poder mágico. Y, como dice suscintamente Richard Cavendish, hablando del Grial y la Lanza en su libro El rey Arturo y el Grial:
Una cosa no es sagrada porque es buena. Es sagrada porque contiene un poder misterioso y terrible. Es tan poderosa para el bien o el mal como una fuerte descarga eléctrica. Si es mal usada, por importantes y comprensibles que sean las razones, las consecuencias pueden ser catastróficas para personas totalmente inocentes.
Según Stein, Hitler tenía conciencia de este concepto ya en 1912; de hecho, fue la obsesión de Hitler por la lanza y su poder de «varita mágica» el motivo de que los dos hombres de conocieran. En el verano de 1912, el doctor Stein compró una edición de Parsival, romance sobre el Grial del poeta alemán del siglo XIII Wolfram von Eschenbach, a un librero ocultista de Viena. Estaba llena de comentarios manuscritos en los márgenes, que mostraban una combinación de sabiduría ocultista y racismo patológico. En las guardas, su anterior propietario había anotado su nombre: Adolf Hitler.
A través del librero, Stein encontró a Hitler y pasó muchas horas con él, horrorizado pero fascinado. Aunque pasarían años antes de que el mísero pintor de cromos diera los primeros pasos por el camino del poder, poseía ya un carisma maligno. A través de su tortuoso discurso, una obsesión destacaba claramente: tenía un destino místico que cumplir y, según Stein, la lanza era la clave.
Hitler describió a Stein cómo había adquirido la lanza su especial significado para él:
Lentamente me apercibí de una presencia poderosa que la rodeaba, la misma impresionante presencia que había experimentado interiormente en esas ocasiones únicas de mi vida en que había sentido que un gran destino me aguardaba... una ventana en el futuro que se abría, a través de la cual veía, en un relámpago de iluminación, un hecho futuro, en función del cual sabía, más allá de toda contradicción, que la sangre de mis venas se transformaría algún día en el vehículo del espíritu de mi pueblo.
Hitler nunca reveló la naturaleza de su «visión», pero Stein creía que se había visto a sí mismo un cuarto de siglo después en la Heldenplatz, frente al palacio Hofburg, dirigiéndose a los nazis austríacos y a los desconcertados ciudadanos vieneses. Allí, el 14 de marzo de 1938, el Führer alemán anunciaría su anexión de Austria al Reich alemán... y daría la orden de llevar los atributos de los Habsburgo a Nüremberg, hogar espiritual del movimiento nazi.
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